Ilustración por Olly Moss
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Cientos de delincuentes han hecho del crimen una empresa y de la vida una moneda de cambio. Imponen el terror y la fuerza, relevan al estado en sus funciones más elementales, como son cobrar impuestos y proteger nuestra integridad física y patrimonial. Nos tienen secuestrados a la mayoría de los mexicanos.
No podría decir con precisión cual es la magnitud del problema. Podría contentarme con mirar toda la realidad desde la perspectiva de la tragedia de mi familia y decir que todo ha fracasado. Pero no. Me resisto a pensar que México ha fallado. Me niego a darme por vencido. Este no es el México en el que crecí y no es el que quiero dejarle a los hijos que por fortuna aún tengo conmigo.
¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué serie de sucesos y decisiones provocaron esta crisis? ¿Queremos vivir así? Son infinitas las preguntas que podríamos hacernos y casi todas nos llevan a la misma conclusión: nosotros somos la causa, sí, pero somos también el remedio.
Una conclusión que por una parte es difícil de aceptar, porque es muy cómodo culpar a las autoridades, a los políticos o al vecino. Implica un ejercicio de consciencia crítica, revisar nuestra propia conducta y reconocer que hemos sido parte del problema, pero que podemos ser parte de la solución.
Personalmente pienso que no se trata de un asunto de predisposición cultural de los mexicanos, o que la corrupción y la impunidad estén en nuestra génesis. No es que seamos así por naturaleza.
El mismo mexicano que aquí en nuestro territorio se pasa los altos, da ?mordida? y viola sistemáticamente la ley, se comporta de manera muy diferente cuando está en países donde la posibilidad de “salirse con la suya” es, no sólo menor sino escasa.
Su origen, su cultura, sus creencias, su naturaleza, no cambian. Sin embargo su conducta se modifica sensiblemente y obedece la ley. No es magia, es el resultado de coexistir en un Estado que cumple su función de estabilidad social.
Está en nosotros ser mejores.
Alejandro Martí
