La inmortalidad
Mar 6, 2007 11:28 pm Vida personal diseñística
Hoy salí a comer con una gran amiga de hace años.
Extendimos la comida hasta la noche.
Una de las grandes pláticas fue de como nos hemos salvado de MORIR.
De las muchas que recordé y que tengo en mi memoria fueron:
A los 10 días de nacido me picó una araña en la frente, mi Madre me llevó hasta una Ciudad cercana, caminó por más de cuatro horas entre el monte, al llegar, el Doctor le dijo que me iba a suministrar un anti veneno “para caballos”, pero que de todos modos se encaminara a mi pueblo, porque si no sudaba en media hora ya no existiría.
En el camión de regreso al pueblo donde nací, ella estaba pendiente del sudor, el cual llegó gota a gota.
A los tres meses de nacido, un tío, hermano de mi Madre, estaba comiendo un taco de salsa verde, super-picosa. Ese güey me cargó, remojó el taco en el molcajete de salsa y me lo dio a chupar, estuve a punto de morirme de asfixia.
Una camioneta me atropelló cuando manejaba mi bicicleta a los 6 ó 7 años. La bicicleta quedó destrozada, yo quedé abajo de la camioneta, pero sólo me llevé unos raspones.
Cuando tenía 9 años no podía estar ni un minuto en mi casa, salía a las barrancas que rodeaban la colonia donde vivía, allá por La Navidad y San Fernando, cerca de Cuajimalpa.
En una de nuestras aventuras, se me ocurrió subirme a un gran árbol para ver de cerca un nido de pájaros. Trepé como gran maestro infantil, al estar a unos centímetros de verlo, la rama se rompió, caí del árbol como a unos 10 metros, pero eso no fue lo peor, ese árbol estaba sobre una pendiente que llevaba al precipicio.
Rodé por unos 20 metros en una gran pendiente de tierra y hojas, lo que me salvó la vida fue que al final, a unos metros de llegar al precipicio me pude agarrar de una gran raíz, eso hizo que parara mi loca carrera, pero no lo suficiente para no caer al fondo. Era una altura como de 9 metros de caída libre y el piso estaba tapizado de piedras.
Caí en medio de grandes piedras, en mi bolsa derecha del pantalón traía un buen puño de canicas, se hicieron polvo contra mi pierna al chocar de frente sobre una de ellas.
Reboté y me pegué fortísimo en un costado de la cabeza.
Mi amigo el “güero” que me acompañaba ese día, como pudo me llevó hacia arriba.
El recuento de los daños: Siete chichones, múltiples raspadas en todo el cuerpo, sangre en la nariz y en la boca, no podía caminar y la verdad no sabía qué parte de mi cuerpo me dolía más.
En la colonia nos gustaba subirnos de “a mosquita” en cualquier camioneta o camión veíamos pasar por la carretera. Cualquier vehículo era bueno.
En una camioneta de redilas, nos alcanzamos a trepar tres de nosotros, yo tenía 11 años, cuando íbamos gritando de gusto por habernos subido sin esperar a que parara en un tope, escuchamos un crujido, las redilas se rompían de la parte trasera. Mis amigos lograron saltar en ese instante, pero yo me quedé, la camioneta avanzaba cada vez con más velocidad.
Yo sabía que tarde o temprano se rompería la parte de atrás, pero no podía brincar por la velocidad del vehículo. Esperé sintiendo como la tabla donde estaba agarrado se estaba rompiendo.
De pronto sólo pude ver algo negro sobre mi rostro que me golpeó muy fuerte, era la tabla de arriba de las redilas. Ya no supe nada de mí, hasta que ví unas grandes luces, ya me llevaban en la Cruz Roja.
Caí hacia atrás y de milagro no me rompí el cuello.
Era una tarde muy tranquila en Bachilleres, caminábamos de la mano mi novia Lupita y yo, no había traído mi carro, porque lo estaban pintando. Tenía como 16 años.
Al llegar a la carretera México-Toluca le hice la parada a un camión, pero este iba jugando carreras con otro. Al querer frenar para recogernos, como iba muy rápido se patinaron las llantas de atrás y se nos fue todo el camión hacia donde estábamos parados. De milagro estaba como una grieta en la pared, producida por el agua, nos aventamos dentro de ella y el camión chocó a unos centímetros de nosotros.
Hasta el camión se dio a la fuga, tal vez pensó que sí nos había “aplastado”.
No pude comer bien por una semana y Lupita que era de piel blanca, por días estaba más pálida que nunca.
Cuando sí sentí que me mataban fue cuando en un Bar en Pachuca, fui con una amiga, ella nunca me dijo que su ex era un sargento de la terrible DIP o algo así, unos disque policías con poderes especiales.
Estábamos muy a gusto cuando llegó este sujeto con otros tres policías vestidos de civil. El “mandamás” la tomó del brazo, la zarandeo y le dijo -Pinche puta, con razón ya no me hablabas si estabas con este pinche escuincle.
Para esa época yo tenía 17 años, ella tenía 25, así que yo parecía su hermano menor.
Claro como cualquier macho mexicano, me sentí muy valiente, se la menté al sargento y lo reté a romperse la madre. No me hizo caso, otro de ellos me dio un trancazo en el estómago, me dobló, pero le regresé un trancazo en la nariz, le saqué sangre.
Esto fue mucho para el sargento, se sacó una pistola de grueso calibre, le quitó el seguro y me la hundió en la mejilla.
-Mira pinche escuincle carita de puto, te voy a matar para que aprendas a no meterte con mis viejas.
En ese instante llegó el dueño del lugar y le gritó por su nombre.
-Oye cabrón no vayas a hacer una pendejada en mi negocio, no ves que es un menor de edad, además es mi sobrino güey, así que te vas a chingar a otro lado.
{}~Claro que no era yo nada de ese güey, pero yo creo que si me mataban allí se le armaría grueso y cerrarían su Bar.
Me agarró una mesera del brazo y me metió a la cocina, ahí me escondieron por 4 horas, ya como a las 5 de la mañana me sacaron por una puertita que daba a un terreno valdío, me dijeron córrele pendejo, porque si te encuentra ese güey te mata.
Ya no regresé a Pachuca por años.
Bueno tuve algunas otras, pero yo creo que ya es suficiente.
Como dicen yerba mala nunca muere.








Marzo 7, 2007 at 11:05 pm
Chale! Que suerte la tuya. Pero yo diría lo que dijo James Bond: “Siempre hay otro día para morir”