Mujeres, ¿podremos llegar a aprender?
nov 13, 2006 5:03 pm Vida personal diseñÃstica
?¿Tú no sabes nada acerca de las mujeres, verdad?
?¿Qué quieres decir?
?Lo que quiero decir es que puedo darme cuenta leyendo tus cuentos y poemas de que no sabes nada de las mujeres.
?ExplÃcamelo mejor.
?Bien, quiero decir que para que un hombre me interese tiene que comerme el coño. ¿Has chupado alguna vez un coño?
?No.
?¿Tienes cincuenta años y nunca te has comido un coño?
?No.
?Es demasiado tarde.
?¿Por qué?
?A un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos.
?Claro que sÃ.
?No, es demasiado tarde para ti.
?Yo siempre he sido un aprendiz retrasado.
Lydia se levantó y se fue a la otra habitación. Volvió con un lápiz y un papel.
?Ahora mira, quiero enseñarte algo que seguramente no conoces, el clÃtoris. Es el punto sensible. El clÃtoris se esconde, ¿ves? y sale cuando hay suficiente excitación, es rosa y muy sensible. A veces se te ocultará y tú tienes que encontrarlo, sólo has de rozarlo con la punta de la lengua…
?Vale ?dije?, ya he comprendido.
?No creo que puedas hacerlo. Ya te lo he dicho, no puedes enseñarle a un perro viejo trucos nuevos.
?QuÃtate la ropa y túmbate.
Nos desnudamos los dos y nos echamos en la cama. Empecé a besar a Lydia. Bajé de los labios al cuello, luego hasta sus pechos. Entonces bajé hasta su ombligo y de allÃ, más abajo.
?No, no puedes ?dijo ella?, de ahà salen sangre y orina, piénsalo, sangre y orina…
Bajé y empecé a chupar. Me habÃa dibujado un plano muy acertado. Todo estaba donde se suponÃa que debÃa estar. La escuché respirar fuertemente, luego gemir. Me excitaba. Se me empalmó. El clÃtoris apareció, pero no era exactamente rosa, era casi de un rojo púrpura. Jugué con él. SurgÃan jugos que se mezclaban con los pelos del coño. Lydia gemÃa más y más. Entonces oà la puerta principal abrirse y cerrarse. Escuché pasos. Levanté la mirada. Un chavalito negro de unos cinco años estaba plantado junto a la cama.
?¿Qué coño quieres? ?le dije.
?¿Tienen botellas vacÃas? ?me preguntó.
?No, no tenemos botellas vacÃas ?le dije.
Salió del dormitorio, pasó por el salón, abrió la puerta delantera, salió y desapareció.
?Dios ?dijo Lydia?, pensé que la puerta estaba cerrada. Ese era el niño de Bonnie.
Lydia se levantó y cerró la puerta delantera. Volvió y se echó en la cama. Eran alrededor de las cuatro de la tarde de un sábado.
Volvà a zambullirme.
Charles Bukowski “Mujeres”














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